PASCUA DONDE NO SE NOMBRA AL MESIAS

diciembre 7, 2008
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Son las cinco y media de la mañana. Un cohete acaba de recordarme las viejas misas de aguinaldo que se iniciaban el 16 de diciembre. Vienen a mi memoria las madrugadas, el recorrido por las calles todavía oscuras, la llegada a la plaza, los patines.   Diciembre está pasando tan vertiginosamente que no me he detenido a contemplar su luz particular ni a darle rienda a la leve nostalgia que por esta época suele visitarme:  nostalgia por la fiesta familiar, por el olor que impregnaba todo cuando en la casa estaban haciendo las hallacas. No sé si esta vez reviviré otras imágenes. Mientras tanto, una ráfaga de viento navideño cruza estas líneas.
En alguna iglesia vecina se hará pronto la primera misa de aguinaldo. Comenzará una celebración antigua y bella y un grupo de jóvenes cantará el más bello aguinaldo de Otilio Galíndez para decir con él este poema inigualable:
Pascua donde no se nombra al Mesías,
dime si es pascua, José,
si no le cantan al niño Jesús,
dime si es pascua, preciosa María.

Yo también soy Orinoco

junio 24, 2008

La iguana y el mato de agua/ se fueron al Orinoco:/ la iguana no volvió más/ y el mato de agua tampoco”.

(Copla recogida en el Cancionero de Montesinos)

Puestos a recorrer literariamente al Orinoco, comencemos hoy con un poema de Eugenio Montejo (1938-2008), fallecido hace pocos días y sin duda, uno de los mejores poetas venezolanos del siglo XX:

YO TAMBIEN SOY ORINOCO

 

Yo también soy Orinoco,

ha poblado mis venas su rumor milenario,

por donde viajo llevo su extenso horizonte

doblado en mis valijas,

lo despliego en remotas aduanas.

 

Puedo dormir muy lejos

pero al soñar me reconozco

el más fraterno de todos sus guijarros.

Se mezcla en mi sangre su caudal inmenso,

ahora mismo escribiendo distingo

nítidamente su oleaje en mis palabras.

 

El sentimiento de estar en el mundo

siempre de paso,

de irme rodando en los días y las horas

sin pedir una gota de más o de menos,

se lo debo a sus ondas,

a sus barcos que me enseñaron a partir

sin importarme el puerto a donde llegue.

 

Hay tonos ocultos en mis voces,

colores, guitarras, soleadas lejanías

que para siempre me fijan a su cauce.

Hay gestos de verdes celajes selváticos

que mi vida tomó de los bosques

crecidos al sol de sus riberas.

 

Lo siento olear adentro y fuera de mis ojos,

detrás, al lado,

abro la ventana para verlo pasar

en cada cuerpo,

en cada rostro que cruza la calle.

De tanto seguirlo me confundo con él,

yo también soy Orinoco,

-escribo para serlo,

y lo que he amado quedará entre sus márgenes

tatuado en alguna de sus piedras,

cuando en sus hombros me lleve al fin un día,

horizontal, envuelto en el sueño del agua.

 

EUGENIO MONTEJO

 

 

 

 

 


Luis Alberto Crespo en Comprensión de Venezuela

julio 16, 2007

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 El pasado viernes tuvimos en nuestras clases de Comprensión de Venezuela la gratísima visita del poeta Luis Alberto Crespo. No estaba prevista su presencia entre nosotros, pero el azar concurrente la hizo posible.

Luis Alberto le habló  tanto a los grupos de la mañana como a los de la tarde. Oírlo acerca de su recorrido por Venezuela fue, sin duda, una experiencia fascinante. Describió paisajes desconocidos, relató asombros guayaneses, apariciones de Humocaro Bajo y diversas perplejidades de nuestra inmensa y variada geografía. Hizo énfasis en la necesidad de conocer más profundamente a Venezuela, recorriéndola y recuperando historias y memorias olvidadas. Para ello recomendó que nos hiciéramos cronistas de nuestros lugares más cercanos. Anunció que la Casa Nacional de la Poesía “Andrés Bello”, que él preside, suscribirá muy pronto un convenio con la UNEY para la formación de los nuevos cronistas.

La voz del poeta gravitará por mucho tiempo en nuestras aulas. Mientras tanto, nosotros volveremos a sus textos. Transcribimos uno de ellos:

SOBRE LA RAMA BAJA

Cuando se mueve

debe ser porque no la vemos

Cuando canta

es porque no lo sabe.

Cuando cambia de presencia

debe ser porque se pertenece.

Cuando cierra su ojo rojo

es porque se hechiza

y cuando embellece

es porque se ha ido.

(Tórtola de más arriba


Angostura

mayo 7, 2007

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Doy la bienvenida a los nuevos lectores de este blog. Ya se pondrán al día y continuarán la vieja conversación de los traspatios o de aquellas esquinas solitarias que alguna vez alojaron las mejores tertulias de la ciudad. Una voz antigua nos llama.

Ahora estamos en el Orinoco. El serviola de estribor nos lee un poema increíble de Rafael Pineda, un poema que se presenta como homenaje a Alarico Gómez, pero que es muchas otras cosas. Lo copio:

OTRA VEZ ALARICO

De juventud saturada

Ciudad Bolívar no acierta

de dónde viene ni menos

hacia dónde se dirige

el vuelo de los caimanes,

el aleteo de las aguas

que Alarico, el autor

de esa bellísima idea,

saluda con rima heroica

desde el atrio de la iglesia.


Inmensas soledades del Orinoco

mayo 4, 2007

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En “el centro de las inmensas soledades del Orinoco” la historia de Venezuela sigue viva. Allí confluyeron las fuerzas que le dieron forma al pensamiento político de nuestra emancipación. Allí nació el periodismo venezolano (la frase que da título a este post, está tomada, por cierto, de la primera edición del Correo, el 27 de junio de 1818). Allí había estado Humboldt, avizorando el porvenir, delirando por la fiebre y curándose, junto a Bonpland, con medicinas naturales. Allí el olor imponderable del Amargo. Allí las rocas más antiguas del mundo. Allí la cultura, todas las culturas. Y allí, el río…

Lo hemos dicho en otras ocasiones: Volvamos a Canaima para comprender a Venezuela. Ella es uno de sus pórticos espléndidos. Leamos, precisamente, el hermosísimo Pórtico que nos regaló Gallegos como páginas iniciales de su gran novela guayanesa:

Barra del Orinoco. El serviola de estribor lanza el escandallo y comienza a vocear el sondaje:

-¡Nueve pies! ¡Fondo duro!

Bocas del Orinoco. Puertas, apenas entornadas todavía, de una región donde imperan tiempos de violencia y de aventura…

(…)

De la tierra todavía soñolienta, hacia el mar despierto con el ojo fúlgido al ras del horizonte, continúan saliendo las bandadas de pájaros. Los que madrugaron ya revolotean sobre aguas centelleantes: los alcatraces grises, que nunca se sacian; las pardas cotúas, que siempre se atragantan; las blancas gaviotas voraces del áspero grito; las negras tijeretas de ojo certero en la flecha del pico.

¡Nueve pies! ¡Fondo duro!


Todos los ríos el río

febrero 26, 2007

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Quien sienta fascinación por los ríos encontrará en la geografía un mundo inagotable de leyendas y de historias.

El Rin, el Nilo, el Danubio, el Orinoco, el de La Plata… Todos tienen sus biógrafos, sus poetas y sus ondinas.

Ahora recuerdo Canaima, que comienza con la descripción fluvial de Guayana y donde la palabra Cunucunuma deja perennes resonancias.

Ahora recuerdo al Burate (“ah río fiero ese río” como escribió Orlando Araujo en Compañero de viaje) y nuestro temor a cruzarlo esa mañana.

Ahora recuerdo a Acosta Bello describiéndome a la Portuguesa, a punto de llegar al Apure, cerca de su pueblo (también me acuerdo de Angel C. Loyola cantando Puerto Miranda y describiendo el mismo río).

Ahora recuerdo a mi seco Turbio volviendo crecido un día del 99, llevándose todo por delante y recreado bellamente por el poeta José Luis Ochoa…

Ahora recuerdo al ya oculto riíto Manzanares, el de la infancia de Cuchi, que vive como calle subterránea aguardando tiempos mejores…

Todos tenemos, como Pessoa, nuestros ríos, nuestros grandes o pequeños tajos, nuestros grandes o pequeños orinocos.


Enrique Bernardo Núñez y el cardón

febrero 18, 2007

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En la clase presencial del viernes pasado convocamos la palabra de Enrique Bernardo Núñez. Hoy quiero compartir de nuevo con ustedes otra página del autor de Cubagua. En ella nos habla del cardón, del “sebastián de los santos vegetales”, como llamó en inolvidables versos el caroreño Luis Beltrán Guerrero a esa xerófila bien plantada de nuestras tierras secas:

“…Tiene el cardón la altivez de los cedros, de los cedros sublimes ensalzados por los profetas y la gracia del ciprés grato a los dioses subterráneos. Pero la obra maestra del cardón es la flor. Sin sombra ni murmullos su flor es el deseo de dar de sí algo hermoso, ejemplo de voluntad y de amor a la belleza. Se comprende al observarla que el cardón ha trabajado su flor con arte plateresco. No tiene la culpa el cardo, el cardón de las soledades, si los ojos del viajero indiferente no descubren en su gloria nada capaz de hacerlo amar para llevarlo a los jardines con la verbena y la rosa, con el narciso y el laurel, junto al chorro de agua de una fuente. Y tampoco si no saben apreciar su intención generosa. A pesar de su exterior adusto tal vez sueña con la estrella lejana y en ofrenda a ella da lo que le permite su tosca naturaleza. Culpa suya tampoco es si no derrama aromas y resinas copiosas y no levanta en aéreo tallo su lis rojo o blanco, como el girasol de áureo ruedo o el jacinto purpúreo. Recogido en sí mismo dirige su mirada hacia dentro, en el deseo de explorar todo su mundo misterioso. ¿Hallará algo digno de su amor y de su deseo? Sí. Y de su meditación surge esa flor en la tierra árida, en el paisaje sin ruiseñores. Flor nectaria. Las abejas silvestres labran su miel en el cardón. Flor de sinceridad. Flor de penitente. La fruta del cardón es roja. Yaguarey la llaman en los Llanos de Barcelona. Su flor abre con la aurora”.

 

(Enrique Bernardo Núñez, Una ojeada al mapa de Venezuela).


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